Comunicados 2007 - 2008
Un nombre, una
vida, unas fechas, una historia…, un cauce que se desborda para dar vida, para
irrigar sequedades, para curar heridas, para calmar dolores, para consolar
tristes, para enseñar al que no sabe, para devolver la dignidad a quien la ha
perdido o se la han arrebatado… para evangelizar a todo el que quiera recibir la
Buena Nueva…
Una grande y
sencilla mujer, origen de una gran familia, la familia de la Consolación.
Hace
150 años, Mª Rosa Molas y Vallvé, original de Reus, de temple recio y suave a la
vez, enamorada de Dios y de sus hijos, funda una Congregación, las Hermanas de
Ntra. Sra. de la Consolación.

Al
principio, una pequeña semilla; después, un árbol frondoso, hoy una gran familia
que vive de su espíritu, del carisma que Dios le regaló para bien de la
humanidad: Hermanas, Movimiento Consolación para el mundo, ONG Delwende, al
servicio de la Vida,
Voluntariado Consolación, Colegios, Residencias de ancianos, Enfermos, Misiones,
Jóvenes…. en dieciséis países de cuatro Continentes.
Y el
gozo nos desborda y celebramos con gratitud el amor de Dios derramado en nuestra
familia, conmemorando el 150 aniversario de la obra de Mª Rosa Molas que hoy,
sin duda nos mira desde el cielo con satisfacción.
Nada
extraordinario… sólo una fiesta de familia en la que queremos que nuestros lazos
se estrechen cada día más y que la Consolación
llegué allí donde haya un hermano necesitado de ella.
Y el
mismo año- coincidencias de la historia- celebramos el 50 aniversario de nuestro
Colegio de la Consolación
de Madrid. Y todos los que hoy en él vivimos, nos movemos, enseñamos,
aprendemos... nos sentimos un eslabón de esa cadena ininterrumpida que comenzó a
entrelazarse hace 150 años.
¡Estamos de fiesta!, leemos en los carteles que decoran el Colegio. ¿Y como no
vamos a estarlo? Una fiesta hecha a la vez de gratitud y compromiso, de
experiencias y esperanzas; de recuerdos del pasado, de vitalidad en el presente
y de perspectiva de futuro.
Amigos
de la
Consolación,
uníos todos a nuestra alegría y gratitud, pues todos hemos recibido, de algún
modo, el sencillo pero hermoso regalo de la Consolación.
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